Madrid. 08:21h. Diario de a bordo. Fecha estelar: 13 de enero de 2012
Hoy soñé que bebía champagne de la espalda de una gorda latina.
Da qué pensar.
Me viene a la mente un, hoy retirado, tenista ruso apellidado Kafelnikov.
Era considerado una persona peculiar.
Muy criticado por la prensa, por su carácter retraído e individualista. Taciturno.
Lo auténtico, asusta. Y, por ello, se criminaliza toda actitud que no pueda ser englobada en, y por, una mayoría.
Desde siempre se nos inculca la necesidad del grupo. La obligación como socialización.
Ya se ha escrito anteriormente en este blog sobre algunos placeres personales. Considerados como tales por demasiada poca gente.
Blues, cerveza, marihuana, un buen libro, paisaje o mujer. O, quizá, una buena película, acompañada de un buen vino y soledad.
Me decanto por cualquiera de éstos, si puede ser combinándolos, antes que por cualquier reunión social o un paseo por unos Grandes Almacenes.
Soy un Kafelnikov descafeinado. Pésimo juego de palabras, excelente razonamiento.
Utilizo la sociabilidad como método de supervivencia. El contacto humano es, a menudo, tan inevitable como innecesario.
Interaccionar positivamente con tus "semejantes" suele ayudar a que te dejen en paz. Casi siempre.
Adoptar determinados gestos y expresiones o tonos, ayudan a marcar territorio, levantar muros y conseguir algo de tranquilidad.
Los tonos grisáceos permiten pasar desapercibido.
Sin embargo, este tipo de actitud suele, paradójicamente, atraer la atención de los que te rodean. Demasiado interesados en afiliarte al sindicato de la mediocridad standard que conforma sus tristes y vacías vidas interiores. Quieras o no, es indiferente.
Inasequibles a las negativas. Explícitas o sutiles.
Si no lo logras, puedes dar gracias al Diablo porque las críticas mediocres, de mediocres, no te afecten en absoluto.
Time to beer (Mis disculpas, otra vez, Roy).
Fin de la transmisión
No hay comentarios:
Publicar un comentario