Alcolea de Calatrava. 13:10h. Diario de a bordo. Fecha estelar: 24 de enero de 2012
Es difícil hacerme perder la paciencia. Más aún enfadarme. Conseguir que me pelee es toda una proeza, sólo al alcance de unos pocos privilegiados: ciertos funcionarios manchegos.
Visita al hospital de Ciudad Real. De infausto recuerdo, donde los médicos y el personal sanitario superan con creces en profesionalidad y corrección a administrativos, personal de limpieza y un largo etcétera de inútiles y/o maleducados.
Tras once meses de espera, visita preoperatoria. He de someterme a una pequeña operación en un dedo del pie. Nada grave, a no ser que la pésima gestión de la Sanidad Pública (cuestión baladí para aquellos políticos que la dejan morir en aras de conseguir la privatización, y de aquellos ignorantes usuarios que enfocan el problema en los preceptos equivocados) me otorgue dolores supletorios y subsanables si se hubiesen cumplido unos términos lógicos en tiempo y espacio.
Madrugón. Llego el primero acompañado de mami (nota mental: he de sacarme de una puñetera vez el carné de conducir). Media hora de espera. No estoy en la lista de visitas del día.
Como el portero que no te deja entrar en la discoteca de moda, con la salvedad de que ésta, en este caso, se sufraga, más mal que bien, gracias a una millonésima parte de mi nómina mensual.
Visita a mostrador de citaciones. El funcionario de turno es un imbécil. Nada nuevo, hasta que utiliza un tono despectivo con mi madre.
Sólo me ha faltado saltar el mostrador.
Los insistentes golpes de mi madre en mi brazo no han podido impedir que me temblase la voz de ira, mientras intentaba contener la violencia física que ha aflorado en mi rostro. He podido evitar los gritos, pero no el tono amenazante, que ha acojonado, literalmente, al funcionario. Su sonrisa nerviosa y sus intentos de evitar mi mirada se han multiplicado cuando le he interpelado y obligado a mirarme.
Eso sí, en todo momento le he hablado de usted. Requisito imprescindible por estos lares, para creerse esa falacia de la mal llamada "Educación". La limitación intelectual provoca pésimas interpretaciones de términos, a priori, básicos.
La estupidez es la facultad que nos hace más humanos, pero demasiados especímenes abusan.
Afortunadamente los cabreos me duran poco tiempo y el día ha transcurrido sin más incidentes notables, salvo, quizá la siesta de cuatro horas y media que me he apretado.
Y es que, por si no lo había dicho, estoy de vacaciones.
Fin de la transmisión
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