Ripollet, 14:38h. Diario de a bordo. Fecha estelar: 16 de febrero de 2014
"Mi padre ha fallecido esta madrugada. Ahora ya puede descansar".
Este mensaje de texto llegó a mi móvil ayer a las 8:34h. Enviado por mi mejor amigo.
Una enfermedad se lo ha llevado a los 62 años, tras 24 de combates.
Recuerdo a su padre como, esencialmente, una gran persona.
Inquieto y laboriosos, pero tranquilo y afable.
Gran aficionado al vino, pero no un borrachín.
Excelente regateador y servicial en los tiempos en que tenía su tienda de animales en el garaje de su casa.
Y un gran aficionado a hacer de sus hijos cómplices de sus afanes de expansión urbanística del hogar, defecto de su pasado albañilístico.
Se ha ido intentando molestar lo menos posible. Casi sin quejarse y dormido sus últimos días.
Probablemente se hubiese cabreado como una mona si hubiese podido ver las lágrimas que se han vertido hoy en su funeral.
Hubiese refunfuñado, por haber devenido el centro de atención, y hubiera repartido alguna colleja, para espabilar al personal, ante lo que él consideraría una nimiedad, como es el morirse.
Ayer murió una gran persona, que deja como legado una gran mujer y tres hijos estupendos. Por una vez, quizá una de las pocas, se cumple el tópico "siempre se van los mejores", que unifica a las personas como buenas en el momento de fallecer (aunque hayan sido unos cabrones irredentos mientras respiraban).
Podría exprimir un poco el morbo y contar las escenas que se han vivido en la iglesia y el crematorio. O como me he sentido. O como pienso que aún ha de pasar lo más duro: tomar consciencia de la ausencia y el silencio de un armario con ropa que no se volverá a usar.
Pero prefiero recordar la última vez que, hace apenas un mes, sonreía condescendientemente ante mis bromas y payasadas, a las que me aferraba para evitar pensar en lo que podía ocurrir.
Y cómo se enfadaba con su mujer y sus hijos por estar demasiado pendientes de él.
Hoy es un día triste. Y apenas salen las palabras mínimas para describir tal torbellino de sentimientos.
Fin de la transmisión
domingo, 16 de febrero de 2014
sábado, 1 de febrero de 2014
1 de febrero de 2014
Cornellà de Llobregat, 5:31h. Diario de a bordo. Fecha estelar: 1 de febrero de 2014
Mozart. Compendio de sus obras más famosas.
Madrugada del viernes al sábado, de nuevo encerrado aquí, entre estas blancas paredes, con ventanas a la recepción, mientras divago y/o reflexiono sobre sentimientos tales como el asco, la culpa, la alienación, el aburrimiento o el optimismo.
La oscuridad de fuera no llega aquí, hasta que he decidido apagar las luces de toda la oficina. Y aún entonces, las pantallas del ordenador convocan su luz verdosa, para torturarme.
El Clasicismo ligero, con suaves contrapuntos y complementos barrocos, de Wolfang resulta ideal para aislarse de lo mundanal y adentrarse en los límites de uno mismo. Cada nota, incluso en las composiciones más "sencillas" (término ignominioso para el artista), transporta a la epicidad, a lo solemne, a la alegría que sólo una mente brillante, traumada, puede lograr.
Admiramos a los genios, sin darnos cuenta, como dice mi ocasional compañera de trabajo, de que estamos loando a la locura. Y la locura supone sufrimiento, para el loco.
No es de extrañar, pues, que muchos de los grandes maestros de la Historia, en sus respectivas disciplinas artísticas, lograran su ansiado reconocimiento tras la muerte.
Buscaban, much@s, encajar en una sociedad desconcertante, apelando a su genialidad, para no sentirse excluidos.
¿Quién decide qué es bueno y qué no? Las modas y l@s crític@s estipulan, a lo largo de sus vidas, qué es bueno y que no. Se dicen expertos, y la gente de a pie sigue sus directrices a pies juntillas (valga la redundancia).
Vemos exposiciones, conciertos, películas, libros, performances, danzas, espectáculos que, objetivamente hablando, son pura basura.
Y, aún así, gozan de gran reconocimiento y asistencia masiva.
"Para gustos, colores", reza la frase hecha.
Pues vale.
Pero no cuela.
Me gusta Mozart. Y Mahler. Y Miles Davis. Y Teo Monk, Y ACDC. Y Janis Joplin, Leonard Cohen, Avicii, Nino Bravo, Sabina, Rota... Bukowski, Carver, Medina, Fante, Toole, Camus, King, Asimov, Kafka... Scorsesse, Kitano, Curtiz, Kieslowski, Haneke, Weir, Eastwood, Kubrick... Munch, Hooper, Michelangelo, Gehry, Pollock... Bakunin, Hitler, de Beauvoir, Schopenhauer...
Y, a menudo, pienso, si no estoy influido por el misticismo que rodea a todos ellos.
Resulta casi un sacrilegio poner a gente tan dispar en la misma frase.
Todos ellos son conocidos por el gran público. Por su innegable talento. Por su persistencia. por su locura.
Y, quizá sólo un poco, por su capacidad para venderse.
Adoraría ser por un momento uno de esos "gafastas" (conocidos de un tiempo a esta parte como "hipsters", aunque para mí siguen siendo unos capullos que desperdician su vasta cultura, por su enorme elitismo e ínfulas). Me siento un completo ignorante en demasiadas materias.
Y, aunque intento "culturizarme", no consigo llegar ni a un 10% de lo que existe.
Siempre en busca del artista anónimo.
Nos queda la opción de mirarnos al espejo.
No hay movimiento artístico más impactante que la Realidad y nuestro enfrentamiento a ella.
Aunque siempre es el primero que evitamos, si somos inteligentes y conscientes de nuestra, mayormente, mediocridad.
Por eso tienen, para mí, tanto valor los autorretratos (ya sean literales o simbólicos).
La valentía de expresarse y enfrentarse a uno mismo y a sus sentimientos no es un hecho loable.
Es una puta genialidad, que sirve para expulsar aquello que odiamos, o para no cejar en la autotortura.
Probablemente dependa de cómo nos presentemos (y, evidentemente, cómo nos vemos) a nosotros mismos.
Fin de la transmisión
Mozart. Compendio de sus obras más famosas.
Madrugada del viernes al sábado, de nuevo encerrado aquí, entre estas blancas paredes, con ventanas a la recepción, mientras divago y/o reflexiono sobre sentimientos tales como el asco, la culpa, la alienación, el aburrimiento o el optimismo.
La oscuridad de fuera no llega aquí, hasta que he decidido apagar las luces de toda la oficina. Y aún entonces, las pantallas del ordenador convocan su luz verdosa, para torturarme.
El Clasicismo ligero, con suaves contrapuntos y complementos barrocos, de Wolfang resulta ideal para aislarse de lo mundanal y adentrarse en los límites de uno mismo. Cada nota, incluso en las composiciones más "sencillas" (término ignominioso para el artista), transporta a la epicidad, a lo solemne, a la alegría que sólo una mente brillante, traumada, puede lograr.
Admiramos a los genios, sin darnos cuenta, como dice mi ocasional compañera de trabajo, de que estamos loando a la locura. Y la locura supone sufrimiento, para el loco.
No es de extrañar, pues, que muchos de los grandes maestros de la Historia, en sus respectivas disciplinas artísticas, lograran su ansiado reconocimiento tras la muerte.
Buscaban, much@s, encajar en una sociedad desconcertante, apelando a su genialidad, para no sentirse excluidos.
¿Quién decide qué es bueno y qué no? Las modas y l@s crític@s estipulan, a lo largo de sus vidas, qué es bueno y que no. Se dicen expertos, y la gente de a pie sigue sus directrices a pies juntillas (valga la redundancia).
Vemos exposiciones, conciertos, películas, libros, performances, danzas, espectáculos que, objetivamente hablando, son pura basura.
Y, aún así, gozan de gran reconocimiento y asistencia masiva.
"Para gustos, colores", reza la frase hecha.
Pues vale.
Pero no cuela.
Me gusta Mozart. Y Mahler. Y Miles Davis. Y Teo Monk, Y ACDC. Y Janis Joplin, Leonard Cohen, Avicii, Nino Bravo, Sabina, Rota... Bukowski, Carver, Medina, Fante, Toole, Camus, King, Asimov, Kafka... Scorsesse, Kitano, Curtiz, Kieslowski, Haneke, Weir, Eastwood, Kubrick... Munch, Hooper, Michelangelo, Gehry, Pollock... Bakunin, Hitler, de Beauvoir, Schopenhauer...
Y, a menudo, pienso, si no estoy influido por el misticismo que rodea a todos ellos.
Resulta casi un sacrilegio poner a gente tan dispar en la misma frase.
Todos ellos son conocidos por el gran público. Por su innegable talento. Por su persistencia. por su locura.
Y, quizá sólo un poco, por su capacidad para venderse.
Adoraría ser por un momento uno de esos "gafastas" (conocidos de un tiempo a esta parte como "hipsters", aunque para mí siguen siendo unos capullos que desperdician su vasta cultura, por su enorme elitismo e ínfulas). Me siento un completo ignorante en demasiadas materias.
Y, aunque intento "culturizarme", no consigo llegar ni a un 10% de lo que existe.
Siempre en busca del artista anónimo.
Nos queda la opción de mirarnos al espejo.
No hay movimiento artístico más impactante que la Realidad y nuestro enfrentamiento a ella.
Aunque siempre es el primero que evitamos, si somos inteligentes y conscientes de nuestra, mayormente, mediocridad.
Por eso tienen, para mí, tanto valor los autorretratos (ya sean literales o simbólicos).
La valentía de expresarse y enfrentarse a uno mismo y a sus sentimientos no es un hecho loable.
Es una puta genialidad, que sirve para expulsar aquello que odiamos, o para no cejar en la autotortura.
Probablemente dependa de cómo nos presentemos (y, evidentemente, cómo nos vemos) a nosotros mismos.
Fin de la transmisión
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