Madrid. 1:02h. Diario de a bordo. Fecha estelar: 20 de diciembre de 2011
He descubierto una cosa terrible, y es que se puede estar locamente enamorado de alguien a quien se desprecia, de quien se odia cada gesto, cada palabra, cada pensamiento.
Hoy recuperé, gracias a twitter, esta fantástica frase de La noche americana, película francesa de 1973. La película es deliciosa a veces, inaguantable otras tantas. La Nouvelle Vague y un servidor no se llevan demasiado bien.
Supongo que soy simple, a mi manera.
La frase en cuestión es una verdad parcialmente absoluta, que he vivido personalmente. Quizá no a un nivel tan extremo (licencias artísticas), pero no por ello menos real.
Hace muchos años, cuando era un borracho de 21 años, que tenía tendencia a probar todas las drogas que cayesen en sus manos (como buen universitario que se precie), conocí a una preciosa socióloga en ciernes: Julia.
Su carácter era despreciable en muchos aspectos. Engreída, rencorosa, interesada, inteligente, aplicada... y demasiado socializada.
Representaba gran parte de las cualidades que desprecio en cualquier ser humano... más allá del propio concepto de ser humano.
Sin embargo, una sola palabra suya bastaba para sanarme.
Mi sociopatía de entonces, favorecida y engrandecida por el abuso de sustancias y mi propia emotividad bobo-chorra de la edad (y a la falta de costumbre del interés despertado en las féminas, por qué no decirlo, que diría aquél) dio al traste con la relación... antes incluso de poder iniciarla.
Todo un récord.
Afortunadamente me mandó a hacer puñetas, ya que yo no hubiera sido capaz de hacerlo.
Con la perspectiva del tiempo no puedo evitar pensar que, en el fondo, fue algo premeditado por mi parte... aunque quizá me esté justificando.
¡Qué coño! Fue algo premeditado.
Probablemente inconsciente en ese momento, pero premeditado. No me va el autoengaño.
Un año y medio me costó librarme de esa lucha en la que mente racional y emocional se daban de hostias día tras día.
se puede estar locamente enamorado de alguien a quien se desprecia
Hoy en el trabajo nos han tratado como a cristianos. Como todos intuíamos.
Pobres asegurados. Animalicos.
El trato que se dispensa a los trabajadores en esta empresa roza lo vejatorio. No tanto en las formas, sino en el concepto mismo del trabajo.
Ver a coordinadoras pasearse entre las mesas alentando a los operadores a trabajar más rápido, para menguar las llamadas en espera, me ha remitido, en el imaginario, a esas escenas vistas en películas antiguas, en las que esclavos condenados a galeras aumentaban el ritmo de los remos al sonar in crescendo de un tambor.
Los tiempos cambian, las formas sólo se atenúan.
Al menos ahora no se emplea el látigo. Pequeños avances del movimiento obrero.
Aún no he empezado, como quien dice, y ya estoy hasta la polla.
Maldito sea mi sentido común y mi falta de inteligencia.
Mañana empiezo en el turno de tarde. Espero que los manazas avería coches se calmen un poco.
Más que nada por ellos mismos.
La cena ha sido calórica y hemos obsequiado a nuestros vecinos con una buena dosis de rock en catalán.
En el fondo, y en la superficie, nos gusta provocar.
Alberto, gran amigo del Mundo, pues no se le puede adscribir a un territorio concreto, estará unos días en Madrid. Su investigación doctoral y la llegada de Lori, su novia estadounidense, nos impide vernos. Habrá que esperar a Barcelona.
Lástima, su percepción del Mundo no dista mucho de la mía... aunque es completamente diferente.
Él es listo y caradura. Se come el mundo.
Por mi parte, no soy idiota ni tímido. Y el mundo se me suele comer a mí.
Ni mejor ni peor. Diferente.
Pablo ya ronca. Es hora de plantearme hacer los mismo. O, al menos, intentarlo.
El último pensamiento antes de apagar el ordenador es para una chinorri, que cruza el Atlántico dirección a un pequeño sueño, asumido con esfuerzo y ahorro.
Que usted lo disfrute.
Fin de la transmisión.
No hay comentarios:
Publicar un comentario