Madrid. 17:29h. Diario de a bordo. Fecha estelar: 14 de diciembre de 2011
Día intenso.
Hemos comenzado la formación. Un peñazo. Previsible.
Nuestra formadora es una de esas personas "enrolladas", que intenta disimular su hijoputez. Nuestra supervisora también... pero está muy buena.
David finalmente fue al entierro de su tío. Le han despedido.
La inhumanidad empresarial se está haciendo cada vez más evidente. Si de la patronal dependiera, se volvería a trabajar por comida. Niños y ancianos incluidos.
A las 13h me llamó mi hermana. En un descanso de la formación hablé con ella.
Tras cinco años, un mes, una semana y diez operaciones (una de ellas a vida o muerte, que duró once horas), le han dado el alta definitiva a mi padre, convaleciente de una explosión en su puesto de trabajo. Explosión fruto de la negligencia y avaricia de varias empresas intermediarias que no se molestaron en llevar a cabo las directrices y los procedimientos legales para la destrucción de armamento.
Eran caros.
No he podido concentrarme el resto de la formación.
De vuelta a casa, me ha venido esa sensación que se tiene, por ejemplo, cuando estás enamorado: necesitaba que todas las personas que aprecio de una u otra manera (que no son muchas, lo reconozco) lo supiesen. He enviado un sms global a todos.
Cuando ha empezado a sonar el teléfono, con sms de respuesta o llamadas, no me he sentido capaz de hablar. La sensación era similar a cuando recibes una paliza y no sabes muy bien por qué. He apagado el teléfono.
Al llegar a casa ha sonado el teléfono. Mi madre me llamaba para darme la noticia.
He estallado en un llanto tan inesperado como desesperado.
Llevaba dos años sin echar una sola lágrima. La segunda vez que lloraba en más de cinco años, cuando, de madrugada, visité a mi padre en la UCI. Estaba en coma.
Algún rato después de colgar, llegó Pablo. Al felicitarme, sólo he podido balbucear "cinco años" y he vuelto a derrumbarme.
Aún soy humano. Tendré que seguir practicando.
Tras el sofocón de nenaza, hemos salido de compras... y a tomar unos botellines, por supuesto.
Cada vez que entramos en un comercio, tengo la sensación de que nos toman por maricones (gays para los que tienen pasta o status).
En el bar, había reunión de feas y salidas. Pablo me ha recordado a tiempo que no somos, precisamente, dobles de Brad Pitt.
La verdad es que no eran tan feas...
Casi se me vuelven a saltar las lágrimas al encontrarnos una feria de productos artesanales. Los buñuelos y los siete (siete!) tipos distintos de orujo han sido lo más parecido a un flechazo. Lástima el precio...
Hemos topado también con una carnicería catalana. Más emoción.
De vuelta a casa, cena sana (verdura, nada menos. Estoy para el arrastre) y la última vez que recuerdo haber mirado el reloj eran las 22:30h. Después...
Fin de la transmisión.
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